#Opinión: Sobre La Esperanza por @GervisDMedina

 

El tema de la “esperanza” en un principio se podría debatir entre la percepción teológica  y la filosofía. Debo reconocer que es posible hablar de esperanza, en un concepto racional, pero si se pone en paréntesis las connotaciones de origen religioso, que le dan un carácter trascendental y la sobre elevan a la esfera humana. De aquí surge, la duda si la “esperanza” tiene algún sentido sin la referencia religiosa transcendental.

Trayendo a colación el tema “Sobre la Esperanza” de  “Nimio de Anquín”. Se sabe, que existe un fenómeno lingüístico denominado diacronía que impone su ley a todas las palabras. El vocablo “esperanza” no tiene igual validez en el tiempo de Sócrates, cuando éste, a punto de beber la cicuta, mencionaba a sus discípulos “he elpis megale” que en su traducción significa “la gran espera” y no “la gran esperanza”.

A la palabra “esperanza” le ha ocurrido un suceso lingüístico, que le ha dado otra naturaleza que la que tenía originariamente, ha sido bautizada cristianamente y podríamos decir, que cambió la naturaleza y se transformó en virtud teologal, junto con la fe y la caridad. La palabra en su forma material subsiste, pero su significado no es el mismo en boca de un estoico y de un cristiano.

Los cambios lingüísticos siguen a los cambios históricos. En el caso de la “esperanza” la vigencia de su significado está condicionada por el reconocimiento y duración del cristianismo.

La “esperanza” antropológica, no se funda en el amor sino en el temor, y por ello creen en una escatología terrible y vindicatoria.  De aquí nace una esperanza, inspirada  en el temor (temor Domini) y en el sentimiento de venganza  y de alienación. Donde lo más adecuado y propio llamar a este sentimiento “espera” y no “esperanza”, porque la esperanza implica el amor, implica unión y no alienación. Por ello, la esperanza mesiánica es espera  de un vengador que con su obra destructora saciarán la sed de venganza, por lo que se trata de una “espera”  vindicativa, sin encarnación  y sin redención.

Pero existe otro mundo, alimentado por otro tipo de esperanza, por la virtud de la esperanza inspirada en “Dios”, el Dios de la Encarnación,  y de la Redención. Por lo tanto, ser cristiano significa una renovación de la naturaleza propia, es adquirir una filiación divina que santifica el alma. Cuyo símbolo es Cristo crucificado, el Cristo de la kénosis y de la resurrección.

Hemos logrado determinar, primeramente la gran espera socrática, cuya profundidad ignoramos, pero que conceptualmente es inteligible solo como futuro desconocido. En segundo lugar, la que podríamos llamar “esperanza” del homo capax Dei no cristiano, y en tercer lugar la virtud “esperanza” del homo capax Dei cristiano.

Ahora bien, desde el punto de vista filosófico estricto, parece que la salida más auténtica fuese la socrática o sea la esperanza considerada como una simple espera, ligada al concepto de futuro.

Recordemos que el tiempo es un número, por lo que la determinación del tiempo será aritmética  y racional, por lo que, todo es posible si existe una previsibilidad racional que no exceda la ciencia matemática. La esperanza humana derivada del concepto aritmético pitagórico aparece empapada de irracionalidad  e incertidumbre

Con la presencia del cristianismo en el mundo que es una locura para los gentiles y escándalo para los judíos, “el tiempo” deja de ser considerado aritméticamente para serlo ahora escatológicamente con lo que adquiere una dimensión distinta. Aritméticamente el tiempo fluye hacia el futuro de acuerdo con el movimiento del cual es número según un antes y un después, es lo que será, lo que vendrá.

Pero escatológicamente es posible otra visión de las cosas, pues “futurum” puede ser traducido también por “adventus”, y esto tiene ya un carácter religioso y supra racional. Y por ello es legítimo que un cristiano diga: “el presente no tiene futuro, sino es adventus del futuro”. Si el futuro no está ligado a la venida de Cristo, no tendrá más que un significado cosmológico e histórico. Aquí está la raíz de la “Esperanza” como virtud y el norte de nuestra peregrinación hacia la muerte y la resurrección.

El mundo cristiano está alimentado y sostenido por la virtud de la “Esperanza” y nunca podrá vivir sin ella.

Toda esta historia retrospectiva es cruel y dolorosa, porque el “principio esperanza” se despliega en una panorama desacralizado. La “esperanza espera” puramente histórica es decir el “principio esperanza” no alienta ninguna esperanza y priva al hombre de un horizonte de transfiguración en lo divino. Por ello el hombre no va más allá del hombre y se vuelve a sí mismo, auto creándose engañosamente como el “homo homini Deus”, el hombre dios del hombre.

Hemos visto entonces que, para la escatología cristiana, la “esperanza” está en la venida gloriosa de Cristo, como dice San Pablo: “Nosotros todos con el rostro desnudo de velo mirando como un espejo la gloria del Señor nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el espíritu del Señor”

Hay espera, pero no esperanza, en la mente de los cristianos por error conceptual, sociológico e histórico. En un sentido de acontecer determinado poco más o menos por el hombre, que se ha realizado. Como consecuencia, la esperanza se desacraliza y pierde su carácter divinal que la vincula a la parousia del Señor, a su carácter de expectación de lo divino consumado en la historia. Deja de ser una virtud teologal y se transforma en un principio, en lo que Bloch llama que mueve finalisticamente el mundo de las cosas humanas.

El “principio esperanza” parece la expresión de un acontecer indiferente a lo que es divino en el hombre, un acontecer sin más información que la necesidad de la generación y corrupción que se mueven de acuerdo a las leyes fatales y crueles: ¡paren a sus hijos y los estrangulan después de haber nacido! Este retorno a la necesidad es inevitable en una concepción desacralizada de la esperanza, o sea en su regreso a lo que fue primitivamente como espera, sin información escatológica que le dé carácter de virtud teologal.

Estamos de regreso a este mundo precristiano y primitivo de hecho, y solamente la historia de los años venideros sabrá decirlo. Recordemos que la “esperanza” había sido bautizada en la religión cristiana y que su bautismo la había modificado esencialmente dándole otra naturaleza  como virtud teologal.

Debemos vivir en la “Esperanza” del que ha de venir en gloria y majestad a nuestros corazones expectantes de la transfiguración escatológica y no en la “espera” de la llegada de un mesías para que nos resuelva los problemas “Sobre la Esperanza”.

Gervis  Medina

Escritor

 

Davy Sari

Periodista residenciado en Maracaibo y Caracas.

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