#Opinión Tras la muerte del concejal Fernando Albán: ¿Por qué no hacemos nada? Elizabeth Fuentes @FuenteSeliz

Caracas.-  No hay chispa que encienda la pradera por estos lares. La metáfora ya no sirve porque la pradera venezolana está en ruinas, una ruina silente que impide siquiera escucharnos, una gran nada promovida certeramente desde el poder. Porque eso es lo que hacen las torturas, las desapariciones, los “suicidios”: crear  una “cultura de miedo, una elaboración cultural del terror  que impregna todos los aspectos de la vida nacional…Bajo los gobiernos dictatoriales, el miedo se convierte en un estado mental penetrante,  ya sea en forma consciente o inconsciente, reconocido o negado”,  explica el sicólogo mexicano Miguel Angel Pichardo Reyes en su estudio Anatomía de la Tortura, presentado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

“La tortura política se ejerce no solo para obtener información o crear una confesión falsa sino para presentar al Estado como una institución todopoderosa. El aparato del poder represivo debe inducir a que las personas se sientan desprotegidas y adopten una actitud  pasiva…Busca sembrar la desconfianza mutua dentro de los grupos opositores y provocar la invalidez  de supuestos o reconocidos opositores al régimen”.Y si bien su documentación se remite a los casos de Argentina y Chile en la década de los 70,s, duele y sorprende reconocer a Venezuela, 48 años después, en cada párrafo que ha escrito. Da tristeza y pánico vernos allí, como si no hubiese pasado el tiempo y los criminales de Augusto Pinochet y Raul Videla  no hubiesen pagado lo suyo, aunque muy poco en relación a todo el  horror que generaron.  Y se hace inevitable pensar  que los torturados y los torturadores venezolanos   serán también  material de estudio, quién sabe cuándo.

Pero si alguien se pregunta por qué ayer no hubo mucha más gente en el Sebin protestando ante la muerte del concejal Albán, pues aquí también nos igualamos a lo que fue Chile y Argentina en el terreno del miedo:

“El silencio, la incapacidad de poder expresarse y las inhibiciones impuestas o autoimpuestas conducen a grandes sectores a rechazar el involucrarse en temas políticos: una de las características más sobresalientes de una población aterrorizada es su compulsión a negar la realidad, a rehusarse a ser testigo del drama siniestro que oprime a todo una país…Paradójicamente, esto se acompaña por un incremento del individualismo; el individuo se aísla y se obliga a cubrir sus necesidades sin esperar ayuda de otros, ni a organizarse para recibir un apoyo mutuo…Cuando  existen emergencias políticas o humanitarias, como lo son las desapariciones, el genocidio, las torturas, las ejecuciones extrajudiciales, la sociedad  despliega una serie de mecanismos de negación, lo cual obliga a las víctimas y sus familiares a privatizar la pérdida…”

En una entrevista que hiciera la periodista chilena Paola Passig al sicólogo y director de la Escuela de Sicología de Valparaiso, Domingo Asun,  este dijo  que lo importante  de la tortura es el efecto social que se persigue buscando un control. Dado que los controles habituales no son efectivos, la tortura hace que aparezca eso en el imaginario colectivo como mecanismo de disuasión,  una suerte de “no te metas”.

“En nuestro país , dijo refiriéndose al Chile de Pinochet, hubo una gigantesca maniobra colectiva donde se deshumanizó la visión del adversario… Se le quitaron rasgos humanos, se le quitó identidad, todo tipo de nobleza y se le adjudicaron los propósitos más horrorosos posibles. .. el fenómeno sicológico más importante fue que les quitaron los derechos. No es un igual. Un poco lo que ocurrió con la mujer durante mucho tiempo o con los esclavos negros… Esto fue respaldado por una doctrina institucional que sigue presente y que en sicología social se le llama ‘del mundo justo’. Es decir, si bien puede producir daño, la meta final es  la sagrada  Patria,  la que hay que defender por sobre esta persona. Por eso el tipo está dispuesto a violar, a poner electricidad, a sacarle las uñas, a mantenerlo en condiciones infames de indignidad y humillación. Y luego vuelve a su casa, le hace cariño a los niños, escucha música, sale el fin de semana con su esposa, y vuelve el lunes de nuevo a destruir personas”.

Y nada mejor para seguir sembrando el miedo colectivo como política de Estado que esa escena dantesca del cuerpo de Fernando Albán contra el piso. Un buen hombre, como dicen sus amigos, igual que muchos de nosotros.

 

Davy Sari

Periodista residenciado en Maracaibo y Caracas.

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