#OPINIÓN Jugando a la ENCERRONA Por Antonio José Monagas @AJMonagas

Antonio José Monagas

Desde que el hombre adquiere conciencia de su vida social, comienza a reconocer la importancia del juego. Pero del juego entendido como espacio para el esparcimiento como oportunidad de crecimiento. De hecho, sus razones exaltan aquellas necesidades que buscan comprender condiciones que las realidades no siempre dejan al descubierto por cuanto dichas condiciones son propias de cada etapa evolutiva del individuo. 

Sin embargo aceptarse que el juego implica al hombre como un todo, es lo que explica su valor. Fundamentalmente, porque agudiza la toma de decisiones a la par que compromete la movilidad física. Y en tanto que situación, el juego constituye la actividad recreativa capaz de explorar experiencias que, en un pasado, interactuaron con el entorno del cual pudo fijarse algún momento significativo de la vida del hombre. 

Justo, a partir de un concepto así que tienda a desenrollar la significación que para la vida representa la actividad lúdica, la política entonces afila sus “garras”. O para decirlo de otro modo, afina su percepción. Pero no sólo para utilizarla como valor agregado a los procesos políticos que se plantean alrededor de la necesidad de activar mecanismos proselitistas que ensanchen bases de apoyo de alguna causa político-ideológica que convenga a intereses que ocupen las circunstancias.

También, para emplear el juego como mecanismo político mediante el cual es posible incitar una relación de imposición con conveniencias que, en virtud de la dirección que asume la actividad política de cara a sus intenciones de asirse al poder, tiende a prestarse como justificación a los fines de abrir un espacio político. Terreno político éste del cual dependerá que una causa política se enquiste con la inmediatez que mejor convenga al factor político promotor de tan urdida estrategia.

Este exordio cabe en el plano del problema que, en Venezuela, ha provocado la mediocridad de la cual se ha valido la administración de gobierno para suministrar la escasa gasolina que reposa en los receptáculos de almacenamiento ubicados en los patios del complejo refinador de Paraguaná. Problema éste que además de mostrar su porte grosero que destila inflamada humillación, igualmente es expresión de la burda improvisación que sirvió al régimen autoritario para manejar las redes del poder con la impunidad que ha necesitado para encubrir sus fechorías. 

Y lo que más estorba, es que estos socialistas de marras dejaron de ufanarse de vivir y gobernar un “país petrolero”, ya que a decir de las realidades dejó de serlo. Ahora se arrogan la ridícula petulancia de estar caminando sobre la tierra del oro y los diamantes. Con el cuento, quizás alevosamente argumentado, que Venezuela es el paraíso del diamante y del oro, toda vez que alguien certificara que ahora el país tiene las mayores reservas de oro y diamantes (del mundo), estos mal llamados “revolucionarios” siguen desangrando a Venezuela al horadar su naturaleza sin la menor compasión “ecosocialista”.

Cuesta pensar que el saqueo de la cual es víctima la nación venezolana por quienes no tienen la más mínima consideración de lo que ha sido el esfuerzo de unos pocos en reivindicarla ambiental, geopolítica, social y económicamente y de lo cual es fiel testigo la historia nacional reciente, la ha empobrecido en extremo. Al punto que ahora comienza a vivir postrada a lo que es la ayuda humanitaria. Y que si bien no constituye una vergüenza el hecho mismo de verse apoyada, sì representa una afrenta moral, ética y política la presencia de gobernantes que han continuado con su obcecación para cegarse ante el daño que tanta crueldad está causándole a la población. 

De manera que si algo le ha generado resultado al régimen autoritario venezolano en su acción de condenar al país a un estado de postración único en el abanico de países habidos en el planeta, es el inventar un juego que al idiotizar al venezolano, lo acorrala inhibiéndole sus libertades y conculcándole sus derechos fundamentales y humanos. 

El desquiciante autoritarismo del actual régimen político venezolano, alentó en sus cuadros tiránicos la creatividad necesaria reduciendo al país y quebrándole sus capacidades mientras le diluye su tiempo y su vida al obligarlo a estar jugando a la “encerrona”.

Davy Sari

Periodista residenciado en Maracaibo y Caracas.

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